Pensar a Cuba, pensarnos, explicar cómo nos vemos, cómo creemos ser vistos...

Escribir sobre ello y más.
Mostrando entradas con la etiqueta Mayda Anias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mayda Anias. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de junio de 2023

Triunfo sin gloria, de Tony Álvarez Gil

 

Entre los escritores de la llamada Segunda Generación republicana en Cuba, la de los nacidos hacia la década de 1880, está Carlos Loveira, autor de dos novelas de tesis, Generales y doctores y Los inmorales, en las que refleja la injerencia norteamericana, mucho después de la segunda intervención, pero igualmente presente, en particular en la economía (siempre esos asesores), el politiqueo nacional y la corrupción frente a la cada vez más marcada diferencia de clases y el descontento, dos décadas después del fin de la presencia de España en la Isla. Los generales y doctores que, de buenas a primeras, aparecieron en la joven República y se hicieron cómodamente con el control del país.

Ha pasado un siglo desde Los inmorales y Generales y Doctores y aparece una novela que no tiene desperdicio, Triunfo sin gloria, del escritor cubano-sueco Antonio (Tony) Álvarez Gil.

El paisaje histórico es el de los años finales de España en Cuba, entre Weyler y el general Blanco y la ocupación norteamericana de los cuatro años siguientes, hasta que se produce el “traspaso”, hay elecciones y se iza, por primera vez en las instituciones libres, la bandera cubana.

La historia transcurre en los campos entre La Habana y Matanzas, zona donde operó Manuel García, “el Rey de los campos de Cuba”. Y, a propósito del personaje, cito a Ciro Bianchi: “José Martí rechazó los 8 mil pesos que le ofreció para la guerra porque eran fruto de un secuestro, pero no le negó el derecho a combatir por la independencia de Cuba. Dirá Martí a Máximo Gómez: “Manuel García, en carta triste y sumisa, espera órdenes”. Y el propio Gómez escribe a Francisco Carrillo, jefe de la Revolución en Las Villas: “Cuente con Manuel García”.

El protagonista de Triunfo sin gloria encuentra en la banda de Manuel García su oportunidad de “hacer algo” por su tierra y por su gente y, patriota genuino, terminará combatiendo en las filas cubanas hasta la firma el tratado de paz entre España y los Estados Unidos de América y en el que Cuba no participó, conocido como Tratado de París, por el que España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. Y menciono este detalle porque aquí comienza la decepción de los cubanos patriotas que se preguntan para qué han luchado; los jefes “juegan en un tablero de ajedrez” y los soldados “solo somos peones”, comentan los personajes de Triunfo sin gloria.

Y este es el triunfo de esta novela: narrar la decepción de los soldados con sus jefes mambises, ese lado de la historia de Cuba que la historia oficial de la isla se ha empeñado en mantener más o menos silenciado, porque los mambises, especialmente los jefes, patriotas inmaculados, no pueden ser manchados con defectos de los seres humanos.

Pero Tony Álvarez cuenta la historia desde la perspectiva de los guajiros, la gente de campo que sufrió la reconcentración -ese horror que a los historiadores cuesta inscribir como el primer holocausto contemporáneo-, combatió, perdió familia, tierra y hasta la vida, convencidos absolutamente de que era más importante ver a Cuba libre que todo lo demás. Leonardo Quintana, el protagonista, herido una y otra vez, nos conduce en mil peripecias, por esos horrores; es partícipe no sólo de conspiraciones, escaramuzas y enfrentamientos, machete en mano, contra el poder colonial, sino de lo que viene a continuación desde su génesis: esos “doctores” que están a la espera, que desayunan como príncipes cuando los reconcentrados se caen muertos de hambre, literalmente, en las calles de San Juan, el pueblecito donde se enmarca la mayor parte de la historia, y que, llegado el momento, aparecen con sus inmaculados trajes de dril cien, en las instituciones, desde el Ayuntamiento hasta el Senado de la nación, olvidándose, de paso, de los Leonardo Quintana, a quienes le niegan ayuda, una vez en sus sillones y sus despachos.

Pero, a pesar de todo, Leonardo Quintana no pierde la fe ni la voluntad de luchar por su presente y por su futuro, convencido de que “la patria es de todos”, aquella frase vibrante de José Martí de la que muy oportunamente se valieron esos generales y doctores de Loveira y de Tony Álvarez.

Una novela valiente y bien narrada (y bellamente editada por Ediciones HUSO), que pone el foco en la intrahistoria y deja fuera a los grandes héroes en sus pedestales, para contar las desgracias del cubanito de a pie, el que, en definitiva, siempre ha puesto el alma y la sangre, mientras en los despachos se ha vivido, hasta hoy, mejor que el Rey de los campos de Cuba.

 

Triunfo sin gloria

Antonio Álvarez Gil

Ediciones HUSO

ISBN 9788412680317

20,00 €

jueves, 9 de febrero de 2023

La selva y la patria

 Mi paso anterior por aquí fue hace ya siete años.

Y no es que la última entrada fuera la causa, pero mucha agua ha corrido bajos los puentes desde entonces.

En lo profesional, varias obras escritas, algunas éditas y otras inéditas, de las que iré publicando fragmentos. Comencemos:

 

Este es mi escudo. Con él voy a entrar. Mi escudo es mi pecho. Mi propiedad. Mi libertad. Todo y nada. Cuánto ha quedado de mí en el camino. En tantos caminos. En aquellos de los años jóvenes, cuando cantábamos después de sembrar los campos, cuando nos alumbrábamos con velas y jugábamos a hacer figuras en las sombras, bichos que la luz tenue proyectaba sobre una pared de cal, cuando nuestros cuerpos, inmaduros, pero ya curtidos, no imaginaban que habría otra selva. Otras fieras. Otros riesgos.

Será una larga noche. Des asfixia. De sed. De miedo.

Y si no llego al claro, amada, recuérdame tal como aparecí aquella tarde en una acera de la ciudad, y no sabíamos de los comisarios, ni del telón de acero, aquella vaga cortina al otro lado del mundo, y el amor no estaba despedazado como un puzle gigantesco esparcido sobre el mar.

 

Fragmento de Selva, del libro Cuando salí de Cuba, Caldeandrín Ediciones, 2018

sábado, 26 de noviembre de 2016

Se partió el Caballo



“Es la hora de tu generación”, termina el primer wassap que recibo avisándome de la notica. ¿Lo es?, me pregunto.
Creí que me cruzaría alguna emoción cuando me llegara esta noticia. Pero no ha sido así. Lo primero que me viene a la cabeza es una Cuba dispersa por el mundo. Es responsabilidad del ahora fallecido anciano. La segunda, el país…, la Isla, como gustamos decir aquende los mares, se queda en su lugar y en posesión de la herencia que nos deja el Number One:
-  Los hospitales y la escuelas, los dos “logros” que todo viviente cita cuando se le pregunta por Cuba, están en ruinas. Los educadores y los médicos, los buenos, los apasionados, los inteligentes, los necesarios, en el extranjero o allí, languideciendo entre el polvo de las calles, el sudor del verano nacional y la escasez subiendo siempre en espiral inversa.
-  Las instituciones en manos de funcionarios mediocres, concentrados en ocupar su tiempo en mangar lo que caiga y evitar al prójimo que haga lo mismo.
-  La cultura con el corazón partío: la oficial haciendo lo que puede por disimular lo indisimulable, y una paralela que se esconde cada vez menos, luchando por mantenerse fuera de las oficinas de la Seguridad del Estado, ese largo brazo, creación del finado, que lo sobrevivirá quién sabe con qué renovadas fuerzas en manos del brother heredero desde 2008.
-  Los campos de Cuba, en su largo letargo bajo el marabú.
-  El fondo habitacional, las infraestructuras y el parque automotor cayéndose a pedazos, soportando la pátina del tiempo, como gustan decir los escultores.
-  La economía jugando al Black Jack hasta las tantas. Y siempre perdiendo, claro. ¡Esa obcecación del jugador empedernido!
-  Las empresas estatales disimulando una autogestión con CUC (Cuenta Única del Comandante)…
-  La sanidad a la expectativa: que si los huracanes, el cólera, el zika, el dengue…
 Y lo más doloroso: unos ciudadanos que han aprendido a maltratarse entre sí, incapaces de reconocer que el mal no es el de al lado, sino el de arriba, que el maltrato al que someten a un igual es la expresión de una reacción que no han sabido canalizar desde el mismísimo 8 de enero de 1959; que se desinteresan del problema nacional y solo ansían una visa para largarse a cualquier sitio, pero con los ojos puestos en el destino final: USA; que inventan herramientas, instrumentos, accesorios de todo tipo, que hacen su propio marketing en el barrio, la ciudad y las redes sociales (sí, hay wifi en los parques; sí, hay acceso a facebook; sí hay teléfonos móviles para todo esto) para sacar adelante unos negocios ‘por cuenta propia’, sin almacenes mayoristas, pero con impuestos en estimación directa y un cuerpo de inspectores ante los que la Hacienda de cualquier país europeo palidece.
¿Qué va a cambiar ahora? Nada. Una isla no se va de las manos como un país con fronteras terrestres; de un ejército en manos del dictador de turno no nace un golpista (demasiadas purgas estalinistas en seis décadas); en la oposición hay tantos grupos y organizaciones que se conocen mal, trabajan aislados y son tan reprimidos cada dos por tres que no se ve un liderazgo capaz de levantarse como interlocutor del gobierno; y el exilio está tan dividido y hay tantos intereses creados, tantas pasiones acumuladas en décadas de rumiar frustraciones y deseos que pasa como en la canción de Sindo Garay: Las penas que a mí me matan son tantas que se atropellan y como de acabarme tratan, se agolpan unas a otras y por eso no me matan.
Yo me quedo tarareando la canción.

jueves, 5 de mayo de 2016

¡Qué bolá, Chanel!


Foto tomada de El Mundo
Dice El Mundo que “a la nueva Cuba del deshielo sólo le faltaban el glamour y el lujo para demostrar que va cambiando paso a paso tras el acercamiento con Estados Unidos” y El País cita a los famosos que vieron el Prado convertido en pasarela por la que con el rubio sol del atardecer, etcétera, desfilaron los modelos que exhibieron la colección Crucero…
Que Cuba se va “abriendo”, descongelando, diríamos en buen cubano. Que se vuelve a poner de moda el “¡Qué bolá, asere!”, porque así saludaron Obama a Pánfilo y Vin Diesel, el de A todo gas, a los pocos habaneros que se colocaron tras las barras (como siempre) que dejaron franco el Prado a los invitados, los Castro Junior’s entre los primeros.

Luego la colonial Plaza de la Catedral para el famoseo que ya aburre en Europa…

¿A quién beneficia esta presencia en La Habana? Dice la opinión pública, que siempre tiene la razón, que son los signos de los nuevos tiempos. Que Obama, los Rollings y ahora Chanel son señales de que no hay marcha atrás. Y todo eso.

De modo que tras cincuenta y pico de años pasando el Niágara en bicicleta, solo hacen falta tres cosas, un presidente americano, negro, demócrata y premio Nobel, para más, un mito sobre el escenario, un actor de cine y el Prado travestido en glamour para que nos olvidemos de una dictadura que ha asfixiado varias generaciones, exportado guerras a África, financiado guerrillas en Hispanoamérica, facturado sus médicos, sus maestros y muchos otros técnicos a Venezuela, Guatemala, Angola, Ecuador…

Cuba se está convirtiendo en una desgracia. Si no, busquen en internet (a mí se me revuelven las tripas nada más intentarlo) el recibimiento tributado al primer crucero de USA, la marcha, cada domingo, de las Damas de Blanco, especialmente cómo terminan, las noticias de accidentes de tráfico con estadísticas y todo, en el que aparecen los medios de transporte en el que hay que desplazarse de un extremo a otro de la Isla, la de los cubanos varados en Centroamérica, los balseros que siguen llegando a las costas de la Florida, ahora grabados con sus propios móviles y subida la arribazón a las redes sociales; el estado de las carreteras, de los hospitales, de las tiendas (shoping), la cara de desencanto de la gente fuera de los circuitos turísticos.

No sé cuándo empezará a olvidarse el mito de los cubanos alegres, cumbancheros, hospitalarios y todo ese etcétera de los cándidos turistas que ahora empiezan a copar los hoteles, las casas de renta, las barras con sus veintisiete mojitos hechos en serie para asombro de los sedientos; de las mulatas divinas con esa risa de oreja a oreja ofreciendo su… país al visitante admirado y se empezará a pensar en que, digan lo que digan, todo eso que llaman “señales de cambio” no son más que guiños del gobierno actual para que lo dejen en paz en su inamovible sillón octogenario que pasará a la generación siguiente sin que ni dentro ni fuera cambie de verdad nada. ¡Créanse que es imposible el castrismo sin los Castro!

¿Qué ya no estamos donde estábamos en 1994? No; ahora estamos mucho peor, porque el gobierno ya sabe cómo tener eso que llaman “mano izquierda” con la opinión pública internacional y cómo dar un poco de circo y algo de pan (y de pescozones) al pueblo, puesto que allí nunca usamos la palabra ciudadanos, que suena a burguesía pura. Con que se lleguen de vez en cuando algunos famosos a La Habana y digan ¡Qué bolá!, ya habrá titular en los diarios de aquí y de allá. Algo se mueve, dirán. Y al mojito, asere, que hace un calor de tranca.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El arte de la espera, con permiso de Rafael Rojas



El arte de la espera es el título de un excelente ensayo histórico del profesor cubano Rafael Rojas que leí con atención recién salido el libro en España.

Luego medité sobre lo que, según Rojas, se ha convertido en Cuba en un arte: esperar.
No enumeraré qué hemos esperado los cubanos. Sobre lo que esperamos. Las respuestas son infinitas, tantas como lectores e ideologías reflexionen sobre el asunto. Unos se preguntarán por qué seguimos esperando los cubanos; otros, qué esperamos… Y así, todos los pronombres interrogativos.

Yo misma he escrito más de una vez sobre el tema de la espera, más bien he descrito esas actitudes inconscientes y cotidianas de la espera. Saludas y casi seguro te responderán, “Aquí, esperando a ver qué pasa”.

¿Somos culpables de esperar? Solo inconsciente e involuntariamente.

Por más de medio siglo escuchando el consejo de esperar, tener paciencia, en adelante sí, el futuro está ahí, a la espera de nosotros…, etc., hemos transitado generaciones de cubanos que, por otra parte, solo hemos tenido al alcance de la mano ese medio: esperar. Ya no sabemos qué, solo sabemos que estamos esperando.
Foto publicada por El Confidencial

Y llega Francisco a La Habana…

Yo, que soy recalcitrantemente atea, he tenido unos destellos de esperanza estos días, víspera de la visita de este Papa a Cuba. Por tres razones que me han hecho… esperar, claro. La primera: no estaba en la agenda de Francisco visitar Cuba; es decir, si la incluyó sería por motivos de mucho peso. La segunda: es él quien está mediando en el deshielo Washington-La Habana. La tercera: hemos visto por dónde va su pontificado, claramente dedicado a una obra más pragmática que teológica, más cerca de los pobres de la tierra, vaya, que del reino de Dios.

Veo, más bien observo, la llegada a Cuba, el recibimiento, la marcialidad, a mi juicio exagerada, de los honores con el que reciben al Jefe del Estado Vaticano. Hasta ahí, podría decir que muy bien, que es lo que corresponde. Pero los dieciocho kilómetros desde Boyeros hasta la Nunciatura Apostólica en Miramar, dejan claro hasta para un ciego, qué vería este Papa en todos los días de su visita: un cordón policial de dieciocho kilómetros de largo colocado delante de la gente que esperaba para ver pasar la comitiva papal. Es verdad que iban de paisanos, pero ser, eran, eso lo sabemos todos.

Luego en la Plaza de la Revolución (merecería llamarse como originalmente: Plaza Cívica), más de lo mismo: alguien se acerca a hablarle y es detenido, otros no pudieron llegar por las mismas razones, otros más impedidos de llegar a la Nunciatura, donde él los había invitado (extraoficialmente, Papa dixit). En fin, que Francisco, tan cercano, tan antriprotocolar, tan dolor de cabeza para su guardia personal, capaz de bajarse de su papamóvil para saludar a los enfermos, a los niños… no vio lo inaccesible que ha sido en Cuba.

Él (Francisco, quiero decir), mientras, va y se reúne con Fidel Castro en privado; luego declaran que no ha habido conversación sobre temas políticos, unas imágenes de Castro frente al visitante, Dalia al lado, de pie… Y nada más. O eso dicen.
Fuente Univisión
Ninguna mención a la larga espera. Ni a los presos políticos. Ni a la oposición, que existe, lo saben todos. Ni al sufrimiento de un pueblo sometido. Ni a la existencia miserable de millones de fieles e infieles.
Las opiniones –y los corazones– están divididas: ha mantenido una postura muy diplomática para no dañar las conversaciones con Washington; hay cosas que se solucionan sin hacerlas públicas, lo hizo Pío XII, lo hizo San Juan Pablo II, al parecer lo intentó Benedicto XVI…, etc. Por otro lado, la pregunta, ¿Y entonces para qué fue a La Habana? ¿Qué señales hay que advertir en esta visita que no estaba en su agenda?

Es verdad que en la primera misa dijo “se sirve a las personas, no a las ideologías”. ¿Y qué más, Francisco? ¿No sabes que esa frase la han usado los dos Castro a lo largo de 62 años ya (sí, desde 1953, recordar el famoso alegato del Moncada)? Ellos, los Castro, afirman haber consagrado su vida a “su pueblo”, por tanto, han servido a las personas, no a una ideología, por lo tanto, esa única frase, Francisco, no nos sirve.

A mí me has defraudado, Francisco. Vuelvo a mi escepticismo: nadie me venga con eso de que “algo se mueve en Cuba”. Continúa la espera.

sábado, 15 de agosto de 2015

Un chancecito pal que viene atrás, caballeros




He decidido prescindir de noticias este verano. Estaba sobresaturada. Así como el agua de azúcar de aquellos tiempos, cuando llegabas al fondo del vaso y esperabas que goteara la miel precipitada, en los largos domingos en una beca, hambrientos y sin permiso para irnos a casa.

Y pasé del día 14 de agosto sin saber, sin ver, que esa mañana, frente al malecón habanero, aquellos tres militares izaban la bandera de las barras y las estrellas.

Foto del sitio http//:noticias.univision.com
Leo prensa digital y hay de todo. Desde las declaraciones de John Kerry y Bruno Rodríguez, hasta comentarios optimistas, exaltados, odiosamente rencorosos, aquiescentes, alarmistas… a las noticias de muy distintas fuentes. Me quedo con una frase del canciller cubano, “…es posible relaciones civilizadas, productivas, que serán distintas en su naturaleza a toda nuestra historia anterior".

Y reflexiono sobre cada una de las palabras, seguramente escogidísimas, pensadísimas y analizadísimas para esta ocasión.

Rodríguez habla de relaciones civilizadas. ¿Es que acaso hasta ahora han sido incivilizadas? Si habla él, no estará aludiendo a la parte norteamericana. No es lo que se espera del lenguaje diplomático; luego, ¿está disculpando la ‘incorrección’ a lo largo de 55 años? ¿Es que ahora sí somos civilizados? ¿No lo fue, entonces el Máximo Líder? Tras medio siglo, viene un canciller de 57 años y dice que se acabó, borrón y cuenta nueva…, al menos en lo que a civilización toca.

Continúa calificando esas relaciones y las llama a continuación ‘productivas’. En una parte de la rueda de prensa posterior, Kerry bromeó diciendo que por momentos pensó que estaba delante del Canciller y del Ministro de Comercio y Turismo.

¿En qué está pensando la parte cubana? Sospecho que en saltar directamente a la entrada de dólares al país. El muerto alante y la gritería atrás: comerciar con quienes no ha podido –o no ha querido–  por más de medio siglo. ¿Qué ofrece Cuba? ¿Qué bienes produce Cuba, aptos para la exportación a USA? Médicos no será, porque ellos van por ‘razones humanitarias’ a países ‘tercermundistas’. Tampoco técnicos especializados en unas cosas u otras, por idénticas razones. ¿Azúcar? ¿Está pensando el Canciller cubano en aquella cuota azucarera de los tiempos de Batista? ¿Turismo? Sí, habrá que empezar por lo que ya hay. Esperemos que lo de “productivo” se esté aplicando al sector y haya empezado, en serio, la profesionalización que beneficiará, por carambola, a quienes lleguen a Cuba en calidad de turistas, aunque no sea con los dólares de Obama y Kerry. Lo demás, la “gritería”, que espere. Hasta cuándo… está por ver.

El final de la frase no tiene precio: distintas en su naturaleza a toda nuestra historia anterior. ¡Ya era hora! ¡Al fin una expresión esperada hace más de medio siglo! Alguien que dice a los americanos que se hará algo distinto de todo lo anterior. Este, claramente, está negando al padre, al Gran Hermano, que estaría en su pos cumpleaños con el disgusto mundial por lo que escuchó. ¿O no estuvo al tanto? Bueno, ya tenía sus propios invitados para que lo agasajaran como él cree seguir mereciendo. Pero esa es otra historia. Sigo con la frase de Bruno Rodríguez Parrilla.

El cubano habla de relaciones distintas en su naturaleza, pero se cuida muy bien de colocar la frase que deja contento al Gran Hermano y a la nomenklatura: siguen existiendo “profundas diferencias”. Tomen nota los Antúnez, las Soler, los Fariña, los Gutiérrez, los Cuesta Morúa.

Que la disidencia, como se llama en Cuba a la oposición al gobierno, no tenga participación en los actos oficiales, que haya que reunirse con sus representantes “posteriormente en acto privado” me reafirma en la idea de que nada va tan rápido como Cuba (país, pueblo, ciudadanos) necesita.

Que haya una embajada en La Habana me trae a la memoria aquella imagen, tantas veces vivida en La Habana de los ‘90, cuando yo la visitaba por razones profesionales una vez al mes, durante una semana:

M-5 en el Parque de la Fraternidad a las cinco y media de la tarde, destino San Agustín. No había ‘Amarillo’ que controlara aquello; sálvese quien pueda, se escuchaba, y no en broma. El camello aceleraba y el chorro de petróleo nos bañaba dejándonos sobre la piel mojada de sudor propio y ajeno una película oscura que llegaba a los pliegues más recónditos de nuestra anatomía; el monstruo comenzaba a moverse con el rugido de su potente motor y en los últimos diez centímetros cuadrados del último peldaño de una puerta trasera me colgaban los demás, hasta que muchos metros después, ya en la Calzada, alguien decía ¡Un chancecito arriba, caballero, que todos queremos subir!

En nombre de los cubanos, de los que merecidamente hay que llamar ciudadanos, pido a las delegaciones que izaron una bandera este viernes de agosto y regresarán tan complacidos  a su alto status de delanteros en alta política: Un chancecito pal que viene atrás, caballeros.