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martes, 6 de junio de 2023

Triunfo sin gloria, de Tony Álvarez Gil

 

Entre los escritores de la llamada Segunda Generación republicana en Cuba, la de los nacidos hacia la década de 1880, está Carlos Loveira, autor de dos novelas de tesis, Generales y doctores y Los inmorales, en las que refleja la injerencia norteamericana, mucho después de la segunda intervención, pero igualmente presente, en particular en la economía (siempre esos asesores), el politiqueo nacional y la corrupción frente a la cada vez más marcada diferencia de clases y el descontento, dos décadas después del fin de la presencia de España en la Isla. Los generales y doctores que, de buenas a primeras, aparecieron en la joven República y se hicieron cómodamente con el control del país.

Ha pasado un siglo desde Los inmorales y Generales y Doctores y aparece una novela que no tiene desperdicio, Triunfo sin gloria, del escritor cubano-sueco Antonio (Tony) Álvarez Gil.

El paisaje histórico es el de los años finales de España en Cuba, entre Weyler y el general Blanco y la ocupación norteamericana de los cuatro años siguientes, hasta que se produce el “traspaso”, hay elecciones y se iza, por primera vez en las instituciones libres, la bandera cubana.

La historia transcurre en los campos entre La Habana y Matanzas, zona donde operó Manuel García, “el Rey de los campos de Cuba”. Y, a propósito del personaje, cito a Ciro Bianchi: “José Martí rechazó los 8 mil pesos que le ofreció para la guerra porque eran fruto de un secuestro, pero no le negó el derecho a combatir por la independencia de Cuba. Dirá Martí a Máximo Gómez: “Manuel García, en carta triste y sumisa, espera órdenes”. Y el propio Gómez escribe a Francisco Carrillo, jefe de la Revolución en Las Villas: “Cuente con Manuel García”.

El protagonista de Triunfo sin gloria encuentra en la banda de Manuel García su oportunidad de “hacer algo” por su tierra y por su gente y, patriota genuino, terminará combatiendo en las filas cubanas hasta la firma el tratado de paz entre España y los Estados Unidos de América y en el que Cuba no participó, conocido como Tratado de París, por el que España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. Y menciono este detalle porque aquí comienza la decepción de los cubanos patriotas que se preguntan para qué han luchado; los jefes “juegan en un tablero de ajedrez” y los soldados “solo somos peones”, comentan los personajes de Triunfo sin gloria.

Y este es el triunfo de esta novela: narrar la decepción de los soldados con sus jefes mambises, ese lado de la historia de Cuba que la historia oficial de la isla se ha empeñado en mantener más o menos silenciado, porque los mambises, especialmente los jefes, patriotas inmaculados, no pueden ser manchados con defectos de los seres humanos.

Pero Tony Álvarez cuenta la historia desde la perspectiva de los guajiros, la gente de campo que sufrió la reconcentración -ese horror que a los historiadores cuesta inscribir como el primer holocausto contemporáneo-, combatió, perdió familia, tierra y hasta la vida, convencidos absolutamente de que era más importante ver a Cuba libre que todo lo demás. Leonardo Quintana, el protagonista, herido una y otra vez, nos conduce en mil peripecias, por esos horrores; es partícipe no sólo de conspiraciones, escaramuzas y enfrentamientos, machete en mano, contra el poder colonial, sino de lo que viene a continuación desde su génesis: esos “doctores” que están a la espera, que desayunan como príncipes cuando los reconcentrados se caen muertos de hambre, literalmente, en las calles de San Juan, el pueblecito donde se enmarca la mayor parte de la historia, y que, llegado el momento, aparecen con sus inmaculados trajes de dril cien, en las instituciones, desde el Ayuntamiento hasta el Senado de la nación, olvidándose, de paso, de los Leonardo Quintana, a quienes le niegan ayuda, una vez en sus sillones y sus despachos.

Pero, a pesar de todo, Leonardo Quintana no pierde la fe ni la voluntad de luchar por su presente y por su futuro, convencido de que “la patria es de todos”, aquella frase vibrante de José Martí de la que muy oportunamente se valieron esos generales y doctores de Loveira y de Tony Álvarez.

Una novela valiente y bien narrada (y bellamente editada por Ediciones HUSO), que pone el foco en la intrahistoria y deja fuera a los grandes héroes en sus pedestales, para contar las desgracias del cubanito de a pie, el que, en definitiva, siempre ha puesto el alma y la sangre, mientras en los despachos se ha vivido, hasta hoy, mejor que el Rey de los campos de Cuba.

 

Triunfo sin gloria

Antonio Álvarez Gil

Ediciones HUSO

ISBN 9788412680317

20,00 €

miércoles, 31 de octubre de 2012

El carrusel de Betty

Mañana es el Día de Todos los Santos. Es fiesta en España, y se aprovecha para ir al cementerio a poner flores a los difuntos. En Cuba el día 2 de noviembre se llama Día de Todos los Fieles Difuntos. Dejo, con este recuerdo, desde aquí, un callado homenaje a mis muertos queridos.


Todos los domingos íbamos al Pastoreo. Primero a la casa de Nereyda, allí tomábamos  café claro en unos vasos manchados de grasa de leche donde revoloteaban las moscas junto al montón de platos sin lavar del almuerzo. A continuación a casa de Albita donde nos gustaba más llegar porque tenía una gata barcina que se dejaba acariciar y además no le molestaba que jugáramos con sus gaticos; por el camino  de tierra húmeda que seguíamos con mucho cuidado de no pisar los charcos para que no se despegaran los zapatos de charol nuevos, nos tropezábamos con el tío Domingo, tío de papá, autoritario y mandón al que temíamos porque era la amenaza si no comíamos toda la comida, si andábamos descalzas, si no nos dejábamos inyectar vitaminas sin chistar… Pero el momento verdaderamente esperado de aquellas tardes era la llegada a la casa de Irma, porque su hija Betty, la niña más hermosa de la familia, tenía juguetes maravillosos. Betty era generosa y ponía a nuestra disposición su velocípedo tirado por un caballito, su descapotable de pedales donde yo ya no cabía pero en el que paseaba remolcada por el velocípedo, y su carrusel con personajes de Disney dando vueltas mientras una caja de música sonaba en el interior. Mamá y tía conversaban con Irma y Xiomara mientras nosotras tres paseábamos, las primeras vueltas por el portal, luego por toda la casa sin que importase demasiado. Pasaron muchos meses sin que volviéramos a la casa de Irma, hasta una tarde en que mis hermanas vieron por última vez a Betty; yo no quise enfrentarme a una niña enferma y triste que se escondía porque le deba vergüenza presentarse tan fea delante de sus primas. La vez siguiente acudimos a su funeral. Era una tarde de primavera, con nubarrones oscuros y bajos que se fueron amontonando desde el mediodía; la lluvia acentuó el olor a flores blancas por toda la casa y el vacío fue inmenso cuando partió el cortejo fúnebre. Había demasiado espacio pero desapareció el encanto de transitar por el salón impregnado de aroma de jazmines en pos del velocípedo tirado por un caballo mientras en mi mano derecha daba vueltas un carrusel.

viernes, 26 de octubre de 2012

Jesús Menéndez 332

Era el nombre de la calle donde viví los años más felices de la infancia. Yo no sé por qué me vienen con tanta frecuencia esos relámpagos de mis cinco años: cuando tengo conciencia de esos chispazos de felicidad, desaparecen con la velocidad de la luz... O no: me ha dado tiempo a copiarlos en estas breves narraciones.


Despertar era un gozo. El sol entraba a chorro por la amplia ventana que mamá abría de par en par cerca de las siete, fuera o no verano. A pesar de mi crónica pereza, aún sin abrir los ojos una alegría desconocida me invadía cada vez que aquel sol brillante proyectaba sobre mí las sombras del naranjo que perfumaba la habitación. Me sentaba de golpe y contemplaba aquel trozo de patio donde el verde relampagueaba en un césped bañado por el rocío. En verano daba gusto ver las mariposas, abundantes entonces, revolotear hasta posarse en las florecillas silvestres que crecían ingenuamente entre chapea y chapea de papá. Salía al fresco del día, me sentaba en la yerba recién húmeda y esperaba a que el sol me calentara mirando el horizonte. Para mí aquello era el mundo: la distancia que había desde la ventana de mi cuarto, el patio amplio y despejado, la escuela al frente y una extensa sabana que concluía en el horizonte azulado de la margen del Sevilla. Nunca me pregunté qué habría más allá de la línea del horizonte ni detrás de mi casa; me bastaba saber que existían aquellos espacios, los tres álamos del lado izquierdo del patio, el cocotero enano detrás de la cocina y los arbustos donde crecían enormes toronjas de un verde oscuro intenso sobre la tierra negra. En las noches de luna llena una luz blanca iluminaba los contornos y creaba un ambiente onírico, más acentuado cuando aparecía una lechuza enorme que alguna vez quise tener entre mis manos. Papá nos asustaba, ese era su método para prohibir, se inventaba historias de brujas que planeaban sobre aquel patio sembrado de cítricos, de lechuzas que eran la encarnación del mal y de un haitianito viejo, doblado por los años, que vendría a llevarnos si nos veía de noche fuera de la casa. No he vuelto a sentir la alegría de esas mañanas invadiéndome súbitamente cuando evoco aquellos días. Nunca el sol ha vuelto a ser tan amarillo, con esa luz casi naranja proyectando sus sombras frente a mí. Tampoco los espacios han vuelto a ser lo que fueron, aquella distancia infinita a la que se circunscribía mi mundo. Estuve sola y en silencio, como queriendo atrapar cada detalle de los recuerdos magníficos que hoy saltan como cardúmenes plateados por dondequiera.

lunes, 4 de abril de 2011

Autónomos vs cuentapropistas

La semana pasada, por segunda vez en la Ventanilla Única, dejó de estar en paro y empezó a formar parte de otras estadísticas: el paro que desciende en Ávila, el fomento del autoempleo, el alta en la seguridad social, el incremento en la cifra de autónomos y el NIF inscripto en Hacienda (¡ay, Hacienda!).
Unos miraban casi con condescendencia, ¡dónde vas, con esta crisis!, otros con admiración, ¡adelante que de los cobardes no se ha escrito nada!, otros con respeto, ¡mira que venir a darnos lecciones de cómo llevar la empresa sin un gestor que se encargue!
Tenía dos ideas en la cabeza, obsesivamente dos: sacar adelante una empresa editorial, que cuando los ingresos den de comer, ya pensará con más ambición. Y en sus paisanos que se las ingenian ahora mismo para sacar adelante un negocio por cuenta propia, hacerse cuentapropista, vaya, que allí somos muy prácticos y no sabemos qué es eso de autónomos, dado que llevamos más de medio siglo tutelados, o sea, en una silla de ruedas y de pronto nos han dicho como Jesús a Lázaro, ¡levántate y anda! Ah, y nada de un solo sitio donde te esperan todos los funcionarios con sus impresos listos y sus PCs con la base de datos para entrar los tuyos (aquí sí “me lo coge”, no como en Sanidad, etc., pero esta digresión no viene al caso), con las indicaciones de los impuestos que has de pagar y la libertad para emplearte a fondo y la ilusión de saber que de tus manos y de tu frente saldrá el pan nuestro de cada día.
No, allí los comentarios que escuchó en boca de amigos y conocidos hace muy poco eran de otro tipo: “No me da la cuenta”, “Yo me quito de esto y sigo luchando como hasta ahora” (es decir, ilegalmente), “Prefiero seguir así, aunque me la esté jugando, pero el papeleo no hay Dios que lo soporte”.
A estas alturas es claro que allí es impensable una subvención para iniciar, aunque después termine repercutiendo en tu IRPF, un plus por ser mujer, o menor de 30 años, o tener hijos pequeños o discapacitados a tu cargo… Es decir, allí con todas esas condiciones juntas, compóntela como puedas, saca facturas de debajo de la tierra, pon los precios que te permitan sobrevivir, paga “eso de la seguridad social”, aunque no puedas jubilarte en los próximos 50 años, inventa, mi hermano, inventa, aunque no se publiquen las cifras de paro, aunque no haya ayudas por desempleo de larga duración, ni gestor que se las vea con dos monedas, solo los inspectores haciéndote la vida imposible porque todo el mundo “quiere vivir” y te expolian, te sacan el jugo, para que me entiendas y la gente no quiere saber de negocitos de tres centavos, sino de una solución definitiva, a lo mejor para el año que viene, como dice la canción…
Ha tenido suerte el nuevo autónomo. Mucha suerte: se dedicaré a lo que le gusta, y si encima le da dinero… Y también tararea la canción, mientras escribe la memoria para una ayuda “a lo mejor para el año que viene, lo bueno sucede”.

miércoles, 9 de junio de 2010

Luz para él dondequiera que esté


Hoy, como dijo Carlos Téllez, es el viaje final del escritor cubano Ramiro Duarte Espinosa. Ayer fueron y vinieron muchísimos e-mails entre amigos (escritores, profesores universitarios, antiguos alumnos) que andan por medio mundo, veinte años después de coexistir todos en el Pedagógico de Las Tunas, comentando quién fue, para ellos, este tunero que falleció ayer en la madrugada.

Sin permiso de sus autores, publico algunos comentarios por el Viejo Ramiro, como aceptaba que lo llamáramos con su media sonrisa (más de ojos de que labios). Que sea nuestro homenaje compartido con los lectores.

Alexis Díaz Pimienta, poeta, ensayista, narrador:

Hace muchos años, muchísimos, que no veo a Ramiro Duarte. Lo recuerdo con mucho cariño, con cara de tipo bonachón, que lo era, callado como bien dices, con mirada de sabio que no necesita decir lo que sabe. Es una pena su pérdida. Tu homenaje es hermoso, tierno y muy sentido. Gracias por darme la triste noticia y la posibilidad de leerte. Un abrazo que llegue hasta él y su familia.

Carlos Téllez Espino, poeta y realizador de televisión:

Lucy Maestre me llamo sobre las 7 y tanto de la mañana para darme la noticia, muy dolorosa para los que lo queríamos. Vamos a sacar una nota al mediodía en la TV y esperamos a Anybis para hacer una crónica para el noticiero de la tarde. Mañana a las nueve es su último viaje.

Gerardo, investigador y exalumno:

Era una gran persona. Me gusta lo que hiciste y sé que te ha salido desde bien adentro. Eres una persona muy espiritual y sé además que lejos de las cosas que amas te sientas aún más dolida.

Xiomara Maura, escritora:

Querida amiga: Sí, qué dolor, él fue profesor mío, como el Guille, de Literatura, en el Pedagógico. Asumiré su muerte física de la misma forma que la de Guillermo: él seguirá vivo, dando al mundo a través de nosotros, los que le seguimos, sus versos. Al Guille le vi primero en sueños, yo le preguntaba cómo es la muerte y él me decía: "Es un lugar donde todos estamos juntos", luego le volví a ver, días antes de mudarme para Las Tunas, como una estatua de jade junto a la cabecera de mi lecho y ya, por tercera vez, su rostro fantasmizado en la ventana de mi habitación. Yo le sigo queriendo igual que siempre, y palpita su presencia junto a mí en cada momento de reunión y encuentro, así también será con Ramiro. No nos vistamos de negro, sino de verde claro como las esperanzas que hilan uno a uno cada verso, como yo me vestí el día que veláramos a Guillermo.

Odette Alonso, escritora:

Luz para él dondequiera que esté. Un abrazo para ti.

Jorge Rosabal, porfesor universitario, colega:

Por tu correo me enteré de la muerte de Ramiro Duarte, que murió sin comprarse zapatos de poeta. Obtuvo un retiro por el Pedagógico, que nunca se ocupó de él. Me gustaron algunos de sus sonetos, pero no conocí la mayor, y pueda que mejor, parte de su obra.

Benito Almaguer, profesor universitario, colega:

Mayda, quizás tú no sepas que cuando yo inicié en el pedagógico, era yo solo en inglés y pertenecía al departamento de español, donde Magalys Fernández era la jefa. Yo le di clases a María Antonia Amado, Adelfa y otros que después serian profesores del Dpto. Recibí tu noticia junto con la de Andrés y así le respondí:

Sabiendo que nacimos para un día morir, ley natural de nosotros los inmorales (voy a dejar ese "lapsus liguae" después ponemos esa T que falta) pues Freud explicaba las razones.... Todavía, no nos acostumbramos a perder a familiares y amigos. Solo Dios, en su más intensa labor de máximo psicólogo, para explicar el porqué de la salida de nuestro amigo de este gran equipo terrenal. Él, que con tanto amor, cariño y dedicación, supo ganar a admiración de todos. Con su modestia, y su talento en bien de la humanidad, quien diplomáticamente mediara en las brigas departamentales. Ya el Guille debe estar preparando la fiesta de bienvenida, al amigo. Si da tiempo, avísale a Ramiro, que los debates, las brigas van a seguir allá, también. Ah!, le dices que yo le decía el "decimista" solo por provocarlo, pues, siempre fue y será uno de los grandes exponentes de la poesía cubana.

Yanetsy Borges, exalumna y colega:

¡Cuántos recuerdos me invaden! Ramiro Duarte fue mi MAESTRO y luego, también mi compañero de trabajo.
Un día me miró a los ojos como si leyera en ellos todo mi futuro y me preguntó: ¿Qué haces todavía en Las Tunas? Este sitio no es para ti, te queda pequeño. Yo me asusté un poco por tan contundente afirmación porque, en definitiva, era un momento en el que en mi vida no había ninguna certeza; un momento en el que las esquinas de Las Tunas eran, para mí, el inicio y el final del mundo...
_ ¡No me mires alucinada!, algún día te irás a conocer el mundo, te lo digo yo que soy un poco brujo, afirmó y echó a andar de aquella manera tan peculiar y tan suya.
Ramiro Duarte era un hombre singular. Siempre con una sonrisa, con una respuesta amable, miraba a todos con indulgencia y sabía perdonar y comprender.
Siempre lo recordaré.

Iyannis Gómez, exalumna, escritora, colega:

Ya saben que padecemos de lo mismo, y estamos sintiendo casi parecido este suceso lamentable; me he sentido no solo triste sino rara todo el día, de veras estas cosas nos acercan.

viernes, 30 de abril de 2010

En la primavera va la vencida

Va a abrir el cuarto clavel. Hace algo más de un mes que compré la planta; bueno, esa y dos más, a las que se sumaron una Calceolaria y una Kalanchoe, que me regaló Rosa M. poco después.
Dicen que con las plantas se habla porque “sienten”. Yo no he podido llegar a tanto; quien tiene mano para sembrar, no la tiene para criar y viceversa, dice un personaje de Tulipa. Seguramente es así. Yo tuve animales domésticos hasta hace poco; no puedo hablar a las plantas entre otras cosas por fidelidad a Agustina y a Pelusita, mis dos gatas. Pero las cuido (a las plantas, claro); no podría decirse que las mimo, pero las riego como es debido, les evito temperaturas extremas y corrientes de aire. Y las contemplo.
Entonces me sobreviene ese estado filosófico en los que me da por meditar sobre lo grande y lo pequeño, lo efímero y lo eterno y sobre la vida y todas sus formas y sobre lo inexorable de esto y aquello…
Porque somos parte de la naturaleza. Si he de decirlo tal como lo pensé frente a mi cuarto clavel por nacer, debería escribir que somos parte del milagro de la vida, cosa que ha dicho media humanidad y pensado la otra mitad.
Te detienes a observar y no ves aunque la contemples durante media mañana, cómo se alimenta una planta, cómo la nutre el sol y el agua, cómo agradece ella esos cuidados ― que otros convierten en mimos― de cada día. Y a la vuelta de una semana, tienes claveles en el jardín.
No digo cómo ha resucitado la yerbabuena. En el invierno perdió las hojas y los tallos se doblaron sobre sí hasta que se secaron. La excluí, más bien desahucié, como se hacía con los enfermos terminales. Si has agotado todo, si has consultado, pedido ayuda, esperado, vuelto a consultar, aplicado algún remedio, observado…, si has tenido paciencia y la has perdido, o esperanza y la has perdido, si volviste después de una nevada a mirar si por casualidad había algún indicio verde, alguna señal vaya, que te hiciera pensar que se salvaría y no ves más que dos gajitos secos, entonces ya no te quedan opciones, no se puede ir más allá; los cuidados y las esperas (esperanzas) no han servido para nada y renuncias.
Calculas el tiempo que te ha tomado salvar la planta y piensas si habría sido preferible comprarse algunas de plástico, falsas pero decorativas y quizás hasta funcionales. Habrías dejado atrás ese imposible.
Pero ha llegado la primavera y una rama verde le ha nacido, como el milagro que esperaba Machado para su olmo seco. Y yo, que tengo tendencia a filosofar, termino diciendo que no hay que tirar la toalla, que mi yerbabuena ya tiene hojas y aroma y que, con seguridad, el mejor día estoy macerando un trocito de sus ramas en el fondo de un vaso donde colocaré Havana Club (añejo blanco), azúcar, hielo y limón.
Adelanto que para entonces ya tengo claro por qué brindaré.

domingo, 4 de abril de 2010

Ella solo lee a los clásicos

Era 1989. El año de la caída del muro, aunque para entonces todavía estaba en pie. Me había graduado en julio de ese año y empezaba mi vida laboral donde pretendí desde la entrada a la universidad..., bueno, al Pedagógico, que para entonces eran dos cosas bien distintas. Quería trabajar en la enseñanza superior y lo conseguí. Impartiría Literatura, así que mis colegas eran los profesores de literatura, escritores conocidos y desconocidos. Uno de ellos era Ramiro Duarte.
Estábamos en la biblioteca provincial una mañana cualquiera, supuestamente en una preparación metodológica. Dirigía la sesión Guillermo Vidal. Me preguntó si había leído Se permuta esta casa, que había salido el año anterior. Yo no quería que me sorprendieran con preguntas capciosas, así que me pasé el mes de vacaciones atenta a actualidades literarias nacionales, pero ajena al quehacer en provincias o por lo menos al quehacer literario de Las Tunas, donde había estado una vez a inicios de los 80.
La pregunta me desconcertó y Ramiro Duarte salió en mi defensa: Ella solo lee a los clásicos. También era verdad, así que le agradecí doblemente a Ramiro aquella mañana. A partir de ahí fuimos más que colegas, compartimos fiestas en la casa de Adelfa Polanco, más tarde disgustos, más bien gajes del oficio en tiempos en que estaba de moda ser más profesor de literatura que conocedor de la literatura misma.
Y con el tiempo hemos coincidido muchas veces en tertulias y charlas sobre literatura, la de los clásicos, la de provincia, la que él hace y la que hago yo.
Ramiro es de esos hombre callados que no presume de nada, o sí, de haber nacido en Pozo Salado, un caserío en los montes de Jobabo que creo solo existió para que él naciera. Es un brillante ensayista, un excelente poeta y un prolífico narrador que, sin embargo, no da la batalla por publicar su extensa obra narrativa inédita.
Ramiro escribe a diario, es un trabajador dedicado al oficio, disciplinado y constante. Cuando surgen las ideas, no importa si a media noche, se levanta y se sienta frente al ordenador y trabaja hasta dejar revisado el texto. Así surgió, de un golpe o de una llamada a media noche, y de un tirón, Versiones del nefelibata, que publicó Unión en 2005.
Dejo aquí el inicio del primero de los tres poemas que componen el libro. Es mi manera de publicar un abrazo cordial a un amigo de siempre.

Los hombres van cubriéndose de humo,
sus bocas van llenándose de tierra,
de amarga lejanía sus corazones.
Súbitamente el mundo huye.
Los ojos fijos, en la nube,
en la espiral del viento,
se extasían.
Eran simplemente rostros,
siluetas de ultramar,
caliente primavera que de cuando
en cuando tiene sed,
o que famélica va pariendo gusanos.
(...)

domingo, 21 de marzo de 2010

Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva

El olor húmedo y frío del aire, las nubes azul-violáceas agrupándose vertiginosamente delante del sol, el retumbar lejano e inquietante de las descargas, los relámpagos retratándonos como flashes de una cámara gigantesca, los pájaros apresurándose a sus nidos y las primeras gotas cayendo con fuerza sobre el polvo, eran un regocijo indescriptible. Ha llegado la primavera, nos decía, a mí a y mis hermanas, mi abuela mientras nos avisaba que no debíamos lloviznarnos. Que nos daba catarro, decía.

A mis cuatro años no sabía por qué decretaban que por San José siempre llovía.

Después supe que el 20 de marzo, a una hora determinada, es el equinoccio de primavera.

Lo que importaba entonces era aquel cielo cargado y la alegría, a la mañana siguiente, de las mariposas sobre flores silvestres de color crema, naranja, rojo, púrpura y carmesí y sobre el lila de las varitas de San José, y el croar de las ranas en los charcos a cada lado de la calle mientras regresábamos de la escuela antes de que cayera otro de aquellos aguaceros interminables.

Los muchachos salían a patear charcos y a poner sobre la corriente barcos de papel que naufragaban en la esquina, y en el horizonte detrás de la sabana aparecía súbitamente un arco iris descomunal.

Parece una foto de Disney, pero en aquellos ambientes crecí.

Las primaveras de cuarenta años después son otra cosa. O tal vez son mis ojos los que ven la tarde de San José y el equinoccio de primavera menos brillantes. Y ya no soy capaz de escuchar cómo retumba un rayo en la lejanía. O no retumban aquellos rayos alarmantes. Los paisajes van cambiando con nosotros. Como nos cambia el rostro y el oído. Aunque los niños de estos tiempos sigan viendo nubarrones orlados de amarillo y descubran alguna mariposa en los campos. Yo no sé.

Hoy es el primer domingo de primavera. Cierro los ojos y evoco el aire cargado de oxígeno de mis cuatro años, la risa de mis hermanas cantando Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…, y la imagen de mi abuela-madre llamándonos desde la cocina mientras caía sobre nuestros rostros alegres la primera lluvia de la primavera.

No están aquellas mariposas. Y mi abuela-madre no vigila como entonces mis catarros. En cambio cuido yo, ahora con muchísimo esmero, un jardín completo en mi corazón.


(Nota: La orquídea de la imagen ha cambiado de sitio, pero aún está en la casa materna)