Pensar a Cuba, pensarnos, explicar cómo nos vemos, cómo creemos ser vistos...

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domingo, 24 de noviembre de 2013

En su tercer aniversario


El día 25 de noviembre mi madre habría cumplido años. Hace tres escribí estos versos que, solo ahora, me atrevo a releer:
I

Se marcha la dama blanca.
Pongo entre sus manos azules
un ramo de gardenias.
Aquellos ojos hermosos en los que tanta novela leí
miran ya al infinito hacia el que viaja.
Se va esta mujer hermosa,
pasa, elegante, aun con tan exiguo aliento.
Y yo, que intento apresarla entre mis brazos,
tengo el corazón en la garganta
y entre latido y latido
no encuentro espacio para decirle adiós.

II

Iba la hija como rémora
sobre el cadáver en que la madre se convertía.
Bogaban sobre la corriente
en la que pierde la madre inexorable las últimas batallas.
Se aferraba la una al cuerpo inerte de la otra…
Navegarán juntas
caerán por los despeñaderos y las cataratas,
se hundirán aguas abajo,
pero la madre llegará sola, en uno de esos amaneceres,
al borde azul de su litoral definitivo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Dormir al sol



No sé cuánto tiempo permanecería tumbada en la yerba, sintiendo cómo se calentaba progresivamente mi piel, cayendo en un sopor dulce, arrullada por el gru gru gru de las palomas —más tarde papá me cambiaría radicalmente aquel sonido idílico por una presencia espeluznante: me dijo que el canto lastimero de la paloma rabiche era augurio de desgracia familiar—. Era un letargo dulce en el que tenía para mí sola el horizonte verde movido por la brisa que refrescaba mi piel. Cerraba los ojos y el placer de imaginar aquella línea azul me llevaba a creer que un día llegaría hasta el lugar donde el cielo se une con el verde de la ribera y que allí podría sentarme en una superficie pulida y muelle, desde donde vería con otra perspectiva mi mundo infinito. Tía llegó como cada mediodía y se alarmó al imaginarme desmayada o algo peor. Me levantó en sus brazos, aquellos brazos amorosos, y me puso de pie sobre un taburete de la cocina. La miré sin comprender por qué me había sacado de mi edén. "Estás mala, ¿por qué estabas allí acostada?" No respondí; tampoco cuando mamá, más drástica, me amenazó: "Si no dices por qué estabas allí, te voy a poner una inyección". No podía describirlo en mi cabeza, pero todo me sonaba a agresión o, cuando menos, a incomprensión, ¿qué tenía de malo querer estar sola en territorio permitido? Y me administraron, efectivamente, una inyección de vitaminas, seguramente indicada por el doctor Arjona, para ver si acaba de coger peso o me subía la hemoglobina, nunca lo supe con certeza, el caso es que no hubo más siestas al sol y sin embargo continuaron por siete días más las inyecciones de aquel líquido rosado.
 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El regalo de Dios


El único decorado de nuestra sala era un enorme Corazón de Jesús, enmarcado en amarillo oro. Casi todas las noches papá nos hacía poner de rodillas frente al cuadro y pedirle "Papá Dios, yo quiero que venga la luz", en los largos y sistemáticos apagones nocturnos. O bien, "Papá Dios, que mamá no se enferme", y algunos otros ruegos, cada una de las tres hermanas por su cuenta y en silencio; yo, por ejemplo, oraba cada vez que se me daba la oportunidad sin que me vieran: "Papá Dios, que no vayan a la escuela a vacunar". Una noche a oscuras y con lluvia, papá nos dijo que si las tres nos arrodillábamos y pedíamos cada una, en orden de mayor a menor, con fuerza, las palmas juntas a la altura del pecho y mirando fijamente a los ojos del Corazón de Jesús, con toda seguridad nuestro deseo se cumpliría al día siguiente. Ya empezaba a quebrantarse nuestra fe porque la luz casi nunca venía cuando lo pedíamos y por otros muchos ruegos no atendidos a pesar de aquella vehemencia inducida. Pero no teníamos opción, así que cada una, de rodillas y en orden de nacimiento, repetía la frase que él nos indicó: "Papá Dios, yo quiero que papá se gane un televisor mañana". Dicho tres veces, con ímpetu y mirando a los ojos lánguidos de aquel óleo apócrifo, solo había que esperar a la tarde siguiente. ¡Esta vez funcionó! Papá había sido seleccionado Trabajador de Avanzada en las oficinas del INRA y el sindicato le otorgó por voto unánime un bono para que comprase un televisor Electrón soviético en blanco y negro que captaba solo la señal del canal seis. Lo siguiente sería más fácil para Dios: hacer que se captara también el canal dos para que papá pudiera ver las películas de María Félix y Pedro Infante.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cuarto creciente no es una fase de la luna

Anoche fue una noche memorable para mí. Fui la poetisa invitada a la charla coloquio spbre poesía que cada año, a la entrada de la primavera, tiene lugar en el Aula de Poesía José Hierro, un espacio de literatura que coordina el poeta José María Muñoz Quirós. No era mi noche, por cierto, pero todo resultó inesperadamente interesante, pues los asistentes (a pesar del partido de fútbol de la Selección nacional vs Venezuela, o la Vinotinto, como gusta llamarla Chávez) llenaron el Episcopio en Ávila.
Durante una hora mientras comentaba y leía, estuve inquieta como no lo he estado en Cuba en estos u otros actos más multitudinarios: el silencio era absoluto. Y es que en Cuba en esto de la poesía nadie se está en silencio hasta el final (que no se diga que somos menos, somos distintos): alguien pide que repita la lectura de tal o cual poema, el otro se salta el protocolo para ofrecerme un trago de su vaso (allí la poesía se acompaña con ron..., siempre que se puede, ¡y qué bien sabe la combinación!), o yo misma paro y me doy un trago, que para eso tengo una petaca "cargada" siempre con Havana Club Añejo Blanco (piensen lo que quieran, que el lector cubano ya me entiende).
Pero el final me dio las claves. Les dejo los clips de audio y verán si tengo o no razón:

Vengo de la décima

Yo no sé lo que son las musas

El adios que no termina

Injuriada rosa de los vientos

Sobre mí el peso de la isla

jueves, 14 de octubre de 2010

Santa Teresa de Jesús, Gotarrendura y yo


Esta casa, en la Calle Nueva de Gotarrendura, bien pudo ser la de Venegrilla

Cuando enseñaba literatura en el Pedagógico de Las Tunas intentaba trasmitir pasión y cultura, las dos cosas a la vez; porque no entiendo la literatura ni la historia si ambas no están tocadas por la pasión, a fin de cuentas quienes escriben una y hacen la otra, están animados por sentimientos muy fuertes, es decir, altas o bajas pasiones.
Yo intentaba que allí, donde había que poner pasión, mis estudiantes se sintieran llevados, o mejor, arrastrados por la emoción de conocer a los escritores y sus obras y sus épocas con la pasión que, con toda seguridad, los protagonistas pusieron en sus creaciones.
Así me sucedió cuando me tocó explicar la mística de santa Teresa de Jesús, pues ya se sabe que más allá no se podía llegar en un país que pasa por laico, pero se las trae con lo del “ateísmo científico” de los marxistas soviéticos. Vi a mis alumnas interesadas en las lecturas: preguntaban, opinaban, leían, ¿pero qué? Más bien poco, pues yo pude “conseguir” el Cántico Espiritual de San Juan, pero escasamente unos cuantos poemas en una antología, ni siquiera Las Moradas
Y a la vuelta de casi dos décadas, me veo una mañana en los Cuatro Postes, emocionada hasta los huesos, con las murallas que más que ver, adivinaba en una vieja Historia de España que ni siquiera estaba entre los clásicos “recomendados” para enseñar el siglo XVI español. ¡Ahí quiero vivir!, me dije. Y así está siendo. Entonces empezó la pasión por conocer la historia contada por sus piedras, por los protagonistas, por sus paisajes, sus inviernos (¡sus inviernos!), la historia leída en sus escenarios naturales.
Pero me faltaba Gotarrendura. No entraré en la historia de La Santa de golpe, sino poco a poco, tal y como me han enseñado a saborear los vinos y a robarme las visiones de sus paisajes en los cuatro puntos cardinales que ya voy conociendo.
Necesitaba mucho más de Gotarrendura; algo que me ligara a este pueblo singular, a su gente y a su historia, porque estar en la Calle Nueva, en la plaza, en La Cerca, en el camino desde el que se disfrutan atardeceres tan extraordinarios como célebres no era suficiente. ¡Y los historiadores me llevan tanta ventaja!
La solución era escribir una obra de ficción, que es territorio ilimitado y público, y volcar en ella algunas claves, si bien contenidas, con todo el deseo de agradar, procurando que los del pueblo se sientan reconocidos, reflejados en una historia que bien pudo haber ocurrido (esto siempre lo decimos los escritores, pero es la pura verdad), puesto que los indicios están expuestos con toda intención.
Y anoche, exactamente a las nueve, suena el móvil. Solo podía ser la noticia de que me habían concedido el premio al XI Concurso Internacional de relato corto “LA MORAÑA”. ¡Conseguido!, pero no el monto en metálico, que no es nada despreciable, sino la oportunidad de que el relato sea leído, conocido, reconocido allí. El premio es otro: saber que desde hoy también pertenezco al pueblo de los Cepeda y Ahumada.

sábado, 29 de mayo de 2010

Opuntia brava

El martes 25 de mayo comenzó en La Habana el 15 Festival Internacional de Poesía de La Habana. En los días 26 y 27 tuvo lugar la 18ª versión del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, que por primera vez en la historia de este evento, tuvo como sede al departamento del Cesar, de manera especial su capital, Valledupar, donde la incansable Lolita Acosta trabaja, no solo por la cultura y el folclore de Valledupar, sino de Colombia y de América. Y en España ha comenzado la Feria del Libro, de manera que la literatura y especialmente la poesía invitan a escribir, a leer y a dar a conocer versos en esa suerte de complicidad silenciosa que se establece siempre entre el poeta y el lector.

Opuntia brava

La ciudad antes de mí tenía
cicatrices. Allí donde nació
aquel retoño hubo fuego ayer,
sus cenizas fecundaron el suelo,
cubrieron las columnas y los nombres.
La ciudad sin mí seguirá pidiendo
a gritos que le limpien otra vez
el rostro mugre de sus aguas turbias,
que la empapen de aroma de gardenias
o de azahar o zumo de limón.
La ciudad sin mí seguirá impaciente
como la novia fea en el balcón
mirando los pretendientes ajenos
que no la violarán.

lunes, 17 de mayo de 2010

Imagen y desilusión

[…] Caído el Muro y esfumada con rapidez su imagen, la ilusión inversa del inconsciente colectivo ha perdido su discurso –si es que alguna vez lo tuvo–, repite un puñado de frases vacías y por ende inexistentes; toda la teoría sobre la que se montó una hiperrealidad se ha desplomado, se ha vuelto inexistente y en consecuencia la sociedad virtual ni es real ni se sostiene en su virtualidad, su espacio lo está ocupando la ilusión inversa, lo que lleva a pensar que existe una imagen inversa que genera dicha ilusión, pero no quiere esto decir que “inverso” sea sinónimo de “contrario”, ni siquiera de “opuesto”. Para que exista una imagen tiene necesariamente que existir un objeto, una realidad. ¿Cuál es la imagen que genera la imagen inversa y en consecuencia la ilusión correspondiente? Frente al concepto total habría que pensar en su inverso, y aquí vale pensar en su opuesto: individual, pero no en su acepción de individuo, sino en la autonomía y la supremacía del yo, consustancial a la incapacidad del dominio de la ausencia, el desencanto generado por la sociedad que ya no lo es.
¿De qué asideros pende, entonces, el cuestionamiento de la significación, existencia y valoración del yo autónomo y supremo? El “hombre nuevo” intenta renovarse, autosuperarse, pero si él mismo forma parte de una imagen inversa, en tanto una de las tesis en la que se afincó la teoría de la sociedad virtual (total) preconiza la realización del yo como ser social, entonces la autosuperación solo puede verificarse en la degradación de sus valores; así tenemos una relación proporcional entre desencanto e indiferencia y autosuperación-degradación.

Pero el yo autónomo no es consciente de su autonomía, solo actúa frente a estímulos que cree encontrar en la reproducción de una imagen cada vez más deformada, tanto más cuanto que se trata de la imagen de la imagen de la imagen, por tanto inexistencia de la imagen, de una sociedad virtual inexistente; se trata de un movimiento giratorio en torno al vacío. Carente de fuerza y de conciencia y actuando solo por estímulos se ha llegado a los límites en los que es necesaria la aparición de una realidad, pues está claro que el sistema total transformado en individual se ha fraccionado, o lo que es lo mismo, se ha desmembrado, podría decirse desintegrado, y al perderse los nexos de semejante unión desapareció también la ilusión, solo ha quedado la simulación. Del yo y del vacío de la imagen.

martes, 30 de marzo de 2010

El libro de las ratas felices (fragmento)

- A mí que me dejen así; para qué estar cambiándose si en cualquier parte es igual.
- Yo digo lo mismo: comida y más comida; así los hijos se crían solos.
- Y no tienes el susto de morirte envenenada.
- Ni de los vigilantes.
- Ni el clima.
- El clima no es problema. Las persecuciones, sí.
- Y aclarar la raza.
- Y dilo, ya quedan pocos negros.
- Y pocas negras.
- Allá los albinos, ja ja ja.
- Pero ellos no se enferman.
- ¿Y quién dijo que yo sí?
- Pero enfermas a otros.
- Que se mueran, a mí qué.
- Nos odian.
- A mi qué.
- Ni a mí.
- Por lo menos estamos en los libros de historia.
- Así mismo.
- Yo prefiero esos y no los de biología.
- Pero aquí no sabemos nada de pomadas ni lociones.
- Ni de sida.
- Es bueno saber de todo.
- Anda donde no te han llamado y vas a ver cómo apestas.
- ¿Te crees blanca?
- Mi madre era blanca.
- Pero tu padre es un negro de vientre plomizo.
- Tú que sabes.
- ¿De quién es esa camada?
- ¡Devergonzada!
- ¡Vete a ahuecar dentina!
- No te hagas la de río que vives en un caño.
- Por ahora.
- ¡Tan fina, la reina de la alcantarilla!
- ¿Qué chillas?
- Vaya, vaya, con rima y todo, ¿qué te crees?
- ¡Qué detestables!
- No reniegues de la familia.
- Dirás de la especie…
- Daría cualquier cosa por largarse de aquí.
- ¡A vivir con topillos, comadrejas, tejones y ginetas!
- A que te coman las culebras.
- A respirar oxígeno.
- Qué sabrá esta de la sierra.
- Ya puso ojos de vaca aburrida.
- Hasta un día…
- Qué manera de chillar.
- ¡Viene el turbión!

domingo, 28 de febrero de 2010

Tulipa (fragmento)

Ias Crowther no es más que un clíper inglés: estrecho, ágil, elegante, con solo desplegar las cangrejas ya está en movimiento, aún con el ancla a medio izar y mucha carga encima, haciendo gala de sus dos palos y de un velamen que lo hace avanzar rápido con viento de popa, pero hasta demasiado rápido para Gloria Yaqui, que excepcionalmente ha tomado parte en maniobras navales en medio de una tormenta tropical; nadie, ni ella misma, le dio oportunidad de trepar a gatas por el trinquete, colocar con sus dos manos el estay en su sitio y decidir por sí sola cuándo bajarse, ni de cabecear al compás de un mar picado, ni de gritarle al capitán que mantenga el rumbo fijo, ni de entregar sus energías a riesgo de naufragio aun segura de salvarse y llegar a puerto justo en el momento que había calculado en su bitácora. Pero el enchilado de camarones malogró su fantasía de capitana del Caribe, la mención de un filibustero rival rompió el hechizo y Gloria Yaqui recibió gratis una lección de sodomía. Primitivo era otra cosa, una patana no llama la atención porque ni velamen tiene, se desplaza lenta pero inexorablemente una y otra vez, con carga o sin ella, de arranque suave y escasa velocidad, pero robusta, a flote todo el tiempo, deteniéndose cuando quiere y echando a andar sin mayores esfuerzos, alrededor de la que se mueve el clíper de Ias Crowther, las goletas de Melchor Xiques y los bultos de medio ingenio, aunque ya no sea dueño absoluto de un secreto que ella le arrebató una madrugada y al que ha estado recurriendo toda la mañana para olvidarse del botalón de foque del corsario Ducci abordando por la popa su embarcación al pairo.

lunes, 8 de febrero de 2010

El segundo piso de la Sergio Reynó

(De mi libro inédito Narraciones desde La Carretera)

En la planta baja estudiábamos los de tercero y cuarto, y en el aula con ventanales de cristal que todos cuidábamos, estaba el aula de preescolar, con su piano y su closet donde la maestra María Rosa encerraba a los niños que se portaban mal, según decían algunos. Solo subían por la ancha escalera de mármol gris y negro los de quinto y sexto, sus maestros makarenkos y María Borgiano, la directora. Para los demás aquel segundo piso era desconocido, misterioso y ansiado. Veíamos a los de sexto —que entonces les sacaban como dos cuartas de alto a los de ahora y ya tenían bozo— recostados al balcón en los recreos, porque no les interesaba bajar, allí sí que se estaba bien, dominando desde esa altura la clase baja y, a veces, fumando; no sé por qué no tenían miedo, no se ocultaban ni de los maestros makarenkos, tan autoritarios y severos. Un día subí. La maestra Álida no vendría y esperábamos en el pasillo frente al aula de preescolar. Vi que la directora se marchaba y los demás ya estaban todos en clase; esperé un poco hasta que me decidí. Los escalones me resultaron demasiado altos y angostos, pero quería saber cómo se estaba y cómo se veía la sabana desde allá arriba. Sonó el timbre del recreo y bajaron los de quinto en tropel mientras yo estaba subiendo. Me golpeé fuertemente en la tibia derecha, un dolor agudo me nubló momentáneamente la vista, nadie se percataba y quise sentarme a llorar allí mismo, pero debía bajar apresuradamente para evitar el castigo, desconocido pero con toda seguridad, severo. Llegué abajo con una turgencia cardenal en la tibia que me dejó cojeando el resto del día. Cuando se me pasó el aturdimiento, solo entonces, me percaté de que los de quinto y sexto estaban en la plaza de formación, en fila con la manga de las blusas y las camisas levantadas mientras dos enfermeras los vacunaban sin piedad de los ayes lastimeros de unos y otros. Desde entonces asocié el segundo piso de la Sergio al dolor de una caída y la angustia de las vacunas.

domingo, 24 de enero de 2010

Invierno y luna nueva

Invierno y luna nueva. Una combinación casi perfecta para meditar, si no fuera porque la realidad casi siempre nos sobrepasa. Tal vez por eso mismo haya que pensar que la vida es poesía, aunque tenga imágenes dantescas. Siempre me gustó una frase de discurso, de esas que ya no citamos porque suena a reiteración y cansancio, pero sigue pareciéndome una buena frase: A veces ruge el mar y revienta la ola en la noche negra contra los muros del castillo ensangrentado. Otras veces, merodea la abeja susurrando entre las flores. Hoy quiero escribir versos porque la vida siempre se abrirá paso a través de la más mínima grieta.

1.

Qué cosa extraña la nieve
Hay una luz desconocida en los olivares y los viñedos,
un manto inmóvil como de nube o de espuma,
copos en las ramas donde debieron estar los nidos
una pequeña esfera puede ir creciendo, creciendo
pero mañana será inevitablemente agua.

2.

Hoy es noche y domingo y luna nueva.
Va a nevar, yo sé que va a nevar
y sin embargo no alcanzo a prender la estufa,
no sé por qué no me llega la mano al fuego,
a este fuego imprescindible de mis inviernos,
tan lejano, tan hundido en el mar Caribe.

3.

Ah, el vino de tu mesa,
tu pan y tu sal.
Ah, el calor de aquella pieza
y el licor dominical.

martes, 29 de diciembre de 2009

Tulipa (novela)

(Fragmento)

En agosto Guayabal es un espejo verde-azul, en la desembocadura del Yáquimo una ancha franja de agua dulce delimita la salada y el banco de arena sobresale en las horas del mediodía como una larga columna vertebral paralela a la orilla donde las olas llegan en un último impulso a lamer la arena plagada de conchas nacaradas, rosáceas, azuladas, amarillo-naranja, de tonos pardos…, y de moluscos orientados al sol, manjar perseguido por los americanos para comer crudos, a veces vivos cuando las apuestas son fuertes y el ron abundante. Más allá de la barrera de agua dulce las crestas blancas del mar recuerdan a Primitivo el silencio, el ir y venir del mar y la brisa de los cocales de Santa Elena del Puntazo.
(***)
Manuel Rionda llegó a Santa Cruz el 8 de diciembre a bordo del Reina de los Ángeles; de ahí fue a Guayabal, donde estaba listo el motor del jovencito Pedro María para llevarlo por ferrocarril hasta Los Ranchos. La construcción de la casa vivienda fue acelerada desde que Francisco Coma instaló su escritorio allí y dejó sobre los hombros de Fanjul todo el trabajo del campo.
El ingenio debía comenzar a moler el año entrante, Rionda necesitaba irse con esa certeza y dejar contentos a sus apoderados en Guayabal y Los Ranchos; supervisó los campos de caña, se interesó por las variedades nativas que serían cortadas ese año, calculó el rendimiento, el costo de fabricación, los fletes ferroviarios y marítimos, los seguros e intereses y llegó a la conclusión de que obtendría una ganancia neta de tres pesos con cincuenta centavos por saco de azúcar producido, en un momento en que el azúcar se estaba cotizando a cuatro reales en el mercado. Estaba satisfecho. Las fiebres desaparecieron al refrescar diciembre, ya había abundante y buena agua en Los Ranchos y se instaló el teléfono y la planta eléctrica. Los costos se pagarían rápido, para Navidad dejaría un aguinaldo en metálico para todos y cada uno de los hombres de la Compañía, desde el señor Francisco Coma, su representante absoluto, hasta el último trabajador del campo, la industria y el muelle.
(***)
La noche cerrada de Guayabal recibía la furia del huracán; el algarrobo resistía, pero Gloria sentía que estaba a merced de una tempestad que no tenía trazas de ceder, cada racha anunciaba su proximidad con un bramido sordo que viajaba sobre olas picadas entrevistas con las descargas eléctricas, una pared negra se le venía encima, se aferraba entonces con más obstinación a la rama, apretaba los párpados y cuando era inminente la inmersión se llenaba los pulmones como si en lugar de aire estuviese tragando la angustia de no sobrevivir al golpe; calculaba mentalmente el tiempo, pero los minutos eran interminables, los embates se sucedían uno tras otro. Eran apenas las cuatro de la madrugada. Guayabal entero está en mi contra, pensaba e inmediatamente añadía, ¡Nadie se muere en la víspera, coño, mira que darme por no irme para el Francisco! Era inútil su arrepentimiento, era inútil encomendarse una y otra vez a la Virgen de la Caridad del Cobre, era inútil gritar que no quería morirse tragada por una de aquellas trombas infernales, no podía competir con el rugido cíclico desde su algarrobo heroico.
(***)
Cuando el trazado estuvo hecho Federico obtuvo los permisos de la Francisco Sugar Company para que Moralinda sembrara las cinco ceibas a lo largo de la calle B, pero con el tiempo él mismo tuvo que cortar la Gracita, la Tere y la Paquita por órdenes de Servando Rodríguez para proyectar las residencias de los futuros propietarios que terminaron por desplazarlo a él y a su familia: Pedro García y Carmita Miranda, Pastor Tasis, corresponsal de El Mundo y El Interlocal, Francisco Fonseca, ingeniero mecánico y Bernardo Bezos, agrimensor, ambos formados en Boston, finalmente, Juanita Angarica y Ángel Legat, el vicepresidente del Union Club, precisamente para levantar el Union Club derribaron la Paquita. El ciclón del 32 desarraigó la Pepa, solo queda Tulipa para contar la historia. Y tú, porque te sabes vida y milagro del Francisco y sus colonias. Bueno, es que de andar de aquí para allá uno escucha lo que la gente cuenta y esas historias se me van quedando adentro, además Federico Castellanos está emparentado conmigo, es que los Xiques somos una familia muy grande; Juan Ramón Xiques, fue abogado, en el 99 era vocal de la primera junta de educación en Santa Cruz, aunque vivía en Curajaya, Gil Xiques fue alcalde del barrio de la Calzada, Agustín Xiques, el padre, trabajaba en el aserradero del señor Pelayo, digo padre porque Agustín se casó con Etelvina Núñez y vinieron para acá cuando el hijo mayor tenía como doce o trece años, sí, sí, el que es triplero con Juan Nieves, sigo, Eleodoro Xiques, que es agrimensor, Delfín, pesador de caña, Amadito, el del clarificador, Güicho, que se fue de listero para Guayabal… Bueno, está bien así, hombre, que me vas a mencionar a la parentela completa, deja para después. Es que las noches aquí son largas, Aldereguía, si uno no está ocupado en algo el tiempo no pasa. Y tú, Melchor, cómo viniste a dar al ingenio, porque tú eres de Santa Cruz también, ¿no? Ya en Santa Cruz no queda ningún Xiques…, bueno, es que lo del 32 fue tremendo, se llevó más gente que la guerra. Los ciclones están ligados a mi vida, Feliciano; hasta el año veintiséis yo anduve en un par de barquitos llevando madera desde Santa Cruz hasta el surgidero de Batabanó; en cayo Mal País me cogió el ciclón de ese año cuando iba para Batabanó cargado de caoba, cedro y corazas de carey, pero con aquella carga la Eloísa empezó a anegarse y hubo que soltar los cables para adrizarla, enfilamos para el cayo y ahí pasamos las de Caín, ¡que manera de pasar hambre en Mal País!...

domingo, 27 de diciembre de 2009

Conejos en la pradera

(Fragmento)

Una de esas avenidas con aceras de lajas blancas es la Calle de los Cocos; tiene cuarterías a ambos lados, seis en total y están ahí desde el año doce o trece; sus puertas abiertas son esa película que se proyecta inexorablemente un día, un año, una vida, no hay nada nuevo bajo el sol. Tercera cuadra a la izquierda y ya estás en la calle del cine, la recorres y estás en pleno corazón de El Batey, la esquina del Correo, frente a La Sombrillita. No se sabe cómo, pero siendo la parte mejor iluminada, a solo unos pasos está tan oscuro que en luna nueva no se ven las manos tras los muros de la Escuela Cinco o en su mismo patio bajo los álamos enormes; dos veces a la izquierda se va al antiguo Union Club, bajas recto y llegas al parque de Las Madres al que no acude mucha gente, el lugar es célebre en los carnavales, lo mismo aparece un muerto encima de un banco de granito que en una zanja, no los llevan a otra parte, o quizás sí, porque en medio de los carnavales qué diferencia hay entre un muerto caliente todavía y un borracho, ahora han prohibido disfrazarse, hace años eso sí era diversión… ¡La esquina del Correo! Aprender a fumar, a bajar muela, a apretar, a bailar… Es preferible olvidarse hasta que te llegue la pelona, si por fin tendrás mala pata, quién sabe si mañana, esta misma tarde o dentro de ochenta años es que te vas a morir. Nadie se figura lo triste que se va a poner la vieja si ahora, por ejemplo, le avisan que a su hijo lo hallaron muerto en un banco en el parque de Las Madres o en el patio de la Escuela Cinco ¡en la flor de su juventud!, dirán, y ella comenzará a dar unos alaridos porque no insistió bastante en que te comieras la comida especial que te hizo por el cumpleaños, porque te estaban esperando para irse a los ensayos de unos quince en la Calle A, qué fue a hacer ese muchacho allá, ese lugar es famoso desde antes, cuando la gente del umá dormía en la Escuela Técnica y después se la llevaban para los albergues de Ana Luisa Dos, muchachotes que se arremangaban las camisas y se pasaban los discos de música gusana con aquello de peniléin y un tal Barrabás, qué sé yo…
(***)
… porqué nos llevarían tan lejos, lo mejor era el viaje, uno nunca había salido del barrio, yo sí, al río, algunas veces, por el paso de Ñeca, pero escondido, mima se enteraba después y lloraba, tú me vas a matar de un susto, muchacho, capaz que te ahogues, no sabes qué cantidad de bejucos hay en el fondo de un río, tú que no, que el paso ese está buenísimo y ya sabes nadar, fuiste el primero en aprender, algunos se reían de Chiri que se tiraba de pie, pero tú siempre fuiste guapo, lo aprendiste cazando cocuyos para tus hermanas, con cuatro o cinco años, y ellas mayorcitas, para que tu abuelo no te dijera anduriña que rimaba con niña, en el fondo hay unas piedras planas que son como un piso; el agua se ve clarita, aunque está hondísimo ¡ahora sí que no vas más, sinvergüenza, que no me den una queja en la escuela! Los montan en camión Zil o Gaz, van sentados en bancos laterales con maletas de madera basta sobre las piernas; al que no sabe seguir los toques de aé, aé, aé la chambelona, los yanquis no tiene madre porque los parió una mona, le decían que la conga estaba trepá, tú intentabas seguir los compases para que no dijeran Boby trepó la conga, mirabas a lo lejos, ojalá que el campamento de Veguitas esté allá, tocando el horizonte, se te perdían los acordes de un guaguancó los caminos, los caminos no se hicieron solos y el griterío cuando un Zil adelantaba a otros, era el de las hembras ¡prepárense muchachitas, deja que lleguen los kakes de ustedes!, a sabiendas de que estarían muy lejos y solotes permitirían un par de visitas en actividades culturales, Pomares en el campamento de los varones, Raúl Vargas en el de las hembras ¡con ellos no hay quien se fugue! Al fin la noche de la visita cultural, era decisiva para la emulación intercampamentos, las hembras han recogido tanto café como los varones, vamos a ver qué hacen esta noche, porque los muchachos taren unas cuantas iniciativas. Gaspar Esquivel sale de atrás de unas sábanas que hace de telón de fondo delante de la puerta del almacén que da directamente al centro de las largas mesas de cemento a modo de gradas de stadium sobre las que están casi todos sentados, tú y algunos otros ya no tan atentos a ver quién gana la emulación; preferían elegir una novia, era una apuesta contigo mismo, si no ligas una novia esta noche serás anduriña, escoges a Irina, ella es de esas mulaticas divertidas que entran en todo, lo mismo bailan casino que saben apretar, entonces no y regresas al coro de Gaspar Esquivel no quiero verte nunca más, yo seguiré mi soledad, el desengaño de otro amor, estaba ciego y sin saber, por fin se están yendo para atrás del camión de la planta eléctrica, casi no sabías apretar, ella sí, te enseñaba, los besos no son solo de labios, Boby…
(***)
A qué edad aprendiste a nadar, si yo me entero que te vas para el río otra vez la tunda no te la quita de arriba ni Jesucristo. Bertha Capricho tiene que habérselo soplado al viejo o a mi hermana, ellas siempre andaban juntas, Bertha, la jodedora, siempre opinando sobre los peinados altos, de sobre cola, con buscanovios o cerquillos y lápiz en los ojos con el rabito negro que llega hasta las sienes y los labios rojo encarnados, soñando con un vestido de yoryé, quién fuera novia de un marinero y todas esas cosas de los quince, ya no se acuerda que por soplona estás castigado y no puedes ir al río ni a los ensayos a ver las muchachitas como si fuera el día de los quince, Boby, si faltas otra vez vamos a buscar otra pareja porque ya los pasos de anoche no te los sabes, te dice Reynaldo Ibáñez, Miriam Pereda salta desde el corredor ¡ponlo de pareja con Adita Chirino para que vean que no falta más! Sonríes y sientes el relente de la noche, al final de los ensayos el recorrido es largo, tienes que llevar a Delia Arjona y a Adriana Román, después hasta el parque de La Carretera donde Humberto espera a Miriam Pereda, ese viejo sí es guambán, Miriam no tiene problemas para ir a las fiestas; las despides una a una, esa es tu responsabilidad.