Pensar a Cuba, pensarnos, explicar cómo nos vemos, cómo creemos ser vistos...

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sábado, 26 de noviembre de 2016

Se partió el Caballo



“Es la hora de tu generación”, termina el primer wassap que recibo avisándome de la notica. ¿Lo es?, me pregunto.
Creí que me cruzaría alguna emoción cuando me llegara esta noticia. Pero no ha sido así. Lo primero que me viene a la cabeza es una Cuba dispersa por el mundo. Es responsabilidad del ahora fallecido anciano. La segunda, el país…, la Isla, como gustamos decir aquende los mares, se queda en su lugar y en posesión de la herencia que nos deja el Number One:
-  Los hospitales y la escuelas, los dos “logros” que todo viviente cita cuando se le pregunta por Cuba, están en ruinas. Los educadores y los médicos, los buenos, los apasionados, los inteligentes, los necesarios, en el extranjero o allí, languideciendo entre el polvo de las calles, el sudor del verano nacional y la escasez subiendo siempre en espiral inversa.
-  Las instituciones en manos de funcionarios mediocres, concentrados en ocupar su tiempo en mangar lo que caiga y evitar al prójimo que haga lo mismo.
-  La cultura con el corazón partío: la oficial haciendo lo que puede por disimular lo indisimulable, y una paralela que se esconde cada vez menos, luchando por mantenerse fuera de las oficinas de la Seguridad del Estado, ese largo brazo, creación del finado, que lo sobrevivirá quién sabe con qué renovadas fuerzas en manos del brother heredero desde 2008.
-  Los campos de Cuba, en su largo letargo bajo el marabú.
-  El fondo habitacional, las infraestructuras y el parque automotor cayéndose a pedazos, soportando la pátina del tiempo, como gustan decir los escultores.
-  La economía jugando al Black Jack hasta las tantas. Y siempre perdiendo, claro. ¡Esa obcecación del jugador empedernido!
-  Las empresas estatales disimulando una autogestión con CUC (Cuenta Única del Comandante)…
-  La sanidad a la expectativa: que si los huracanes, el cólera, el zika, el dengue…
 Y lo más doloroso: unos ciudadanos que han aprendido a maltratarse entre sí, incapaces de reconocer que el mal no es el de al lado, sino el de arriba, que el maltrato al que someten a un igual es la expresión de una reacción que no han sabido canalizar desde el mismísimo 8 de enero de 1959; que se desinteresan del problema nacional y solo ansían una visa para largarse a cualquier sitio, pero con los ojos puestos en el destino final: USA; que inventan herramientas, instrumentos, accesorios de todo tipo, que hacen su propio marketing en el barrio, la ciudad y las redes sociales (sí, hay wifi en los parques; sí, hay acceso a facebook; sí hay teléfonos móviles para todo esto) para sacar adelante unos negocios ‘por cuenta propia’, sin almacenes mayoristas, pero con impuestos en estimación directa y un cuerpo de inspectores ante los que la Hacienda de cualquier país europeo palidece.
¿Qué va a cambiar ahora? Nada. Una isla no se va de las manos como un país con fronteras terrestres; de un ejército en manos del dictador de turno no nace un golpista (demasiadas purgas estalinistas en seis décadas); en la oposición hay tantos grupos y organizaciones que se conocen mal, trabajan aislados y son tan reprimidos cada dos por tres que no se ve un liderazgo capaz de levantarse como interlocutor del gobierno; y el exilio está tan dividido y hay tantos intereses creados, tantas pasiones acumuladas en décadas de rumiar frustraciones y deseos que pasa como en la canción de Sindo Garay: Las penas que a mí me matan son tantas que se atropellan y como de acabarme tratan, se agolpan unas a otras y por eso no me matan.
Yo me quedo tarareando la canción.

martes, 6 de mayo de 2014

Hoy tengo el corazón más duro y las tripas verdes



Son las 8.58 de la mañana en La Habana. Casi las tres en la España peninsular. Suena mi teléfono. Escucho: la respuesta es no. Con qué argumentos esta vez, pregunto. Que hace muy poco tiempo desde la vez anterior.
Oficina consular de USA en La Habana. Foto tomada de internet

¿Muy poco tiempo? ¡Muy poco tiempo! No son unos escasos fines de semana. Son trescientos sesenta y cinco días en cada uno de los tres años de espera, es decir, mil noventa y cinco días, uno tras otro, con sus veinticuatro horas cada uno. ¿Poco tiempo? Cuántas cosas suceden en un día, cuántos cambios en un niño que va creciendo, en una niña fuera de serie que llega a casa con medallas ganadas con inteligencia y talento, cuántas anécdotas que contar, cuánta risa que compartir, cuánta complicidad por emprender… ¿Cuántos más pasarán? ¿En qué condiciones? Unos mayores, otros más viejos, unos ya habrán pasado por la edad de oro de la niñez, otros tendrán más arrugas en la frente, más callosas las manos…, quién sabe qué más…

Hace un año me preguntaba dónde estaba Dios aquel jueves. Hoy me pregunto qué clase de dios pone a prueba la fe de un ser humano, haciendo cruel a un semejante. Otra vez un no donde es tan fácil decir sí. ¿Razones de fe? ¿Es lo que Dios ha querido? Si es eso, es un dios cruel en el que no puedo creer de ninguna manera. Un dios así solo alcanza a endurecer mi corazón.

¿Son los hombres quienes deciden la felicidad o la desconsuelo de sus semejantes? Hombres dedicados a la política, entregados a un arcaico juego de ajedrez en el que ninguno quiere admitir el jaque mate. Los políticos me revuelven las tripas. Todos. Porque en nombre de los seres humanos pulverizan a los individuos; el pueblo, la masa, los ciudadanos, dígase como quiera, es lo que importa, ese volumen amorfo y descerebrado que aplaude, vota y consolida a unos pocos para que, una vez sentados en sus sillones, digan no cuando pueden decir sí. Los individuos no existimos, somos cifras, moneda de cambio del poder, combustible de una maquinaria siempre insatisfecha.

Hablo, claro está, de las familias cubanas divididas por la obcecación y la testarudez heredadas. ¡Medio siglo ya! Me pregunto cuántos años tenía Barak Obama cuando Kennedy impuso el primer bloqueo naval a Cuba en el 62. También, desde luego, me pregunto cuántas generaciones de cubanos tenemos y tendrán que padecer todavía la inmoralidad de un sistema férreo e inhumano que nos divide hasta la muerte en nombre de la unidad y la vida. De un año a otro hay que, primero, padecer en silencio el dolor aplastante de ver cómo te rompen en mil pedazos la esperanza en menos de dos minutos, a continuación convertir la ira y el odio en perdón, porque no hay un culpable de carne y hueso a quien señalar y tanta pasión negativa corroe hasta la médula; finalmente, poner a cero el contador y esperar. Es nuestro destino, nuestra condición, nuestro madero, nuestro arte, como diría un intelectual.

Y mientras, en nuestro nombre, se hacen discursos, declaraciones de esto y de lo otro, se exhiben cifras que refrendan el noble corazón de un Premio Nobel y de un Presidente entregado hasta la ancianidad a la causa de su pueblo. Solo unos fríos números. Nunca un rostro, una historia personal. Nunca mi madre con el corazón roto, diciéndome con voz apenas audible que no ha podido ser, que no le permiten salir de Cuba un par de meses a reunirse con mi hermana, con mis sobrinos, sus nietos, que esperan a 1700 km la noticia de que esta vez sí.

¿Cómo decirle a dos niños que alguien dijo no y la abuela no estará tampoco este verano? ¿Entenderán que un funcionario es un hombre con vísceras y corazón, con hijos y madre, allá en La Habana, que pasará cada día en familia, sin conciencia de que al mismo tiempo deshace la felicidad de otros como él y los suyos?

Todo es obedecer: a Dios y a los políticos. No miro los diarios hoy, ni veo las noticias. Hoy tengo el corazón más duro y las tripas verdes.