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Me asquean los comentarios en RRSS sobre Cuba, por redundantes, victimistas e improductivos. Para no decir que están firmados por ignorantes, seudofilósofos, cubanólogos de medio pelo e historiadores iletrados.
El que tiene una
pantalla táctil ya es un graduado universitario, un experto a tiempo completo
de lo que sea y de donde sea que, además, niega el derecho a réplica con
ofensas, insultos y hasta amenazas a quien opine en contra, amén de echarlo de
una conversación (chat, para entendernos).
Cada día centenares de “comentadores” describiendo la misma realidad, explicando lo mal que está todo, la falsedad de un sistema que ha viajado en sentido contrario a lo que prometía.
Cada día miles y miles de
conversaciones repitiendo -y mostrando- que las calles están llenas de basura,
que las enfermedades no paran, que los apagones menos…, etc.
Cada día decenas de
expertos afirmando que ahora sí se acabó, que el régimen está en las últimas.
Cada día ridiculizando
más a unos funcionarios mediocres que mañana acatarán las nuevas leyes.
Incidentes, anécdotas,
casos y más casos, ejemplos de represión continuada. Todo esto, bien para ilustrar
la vida nacional en presente.
Pero lo que considero gravísimo
es que unos cuantos repitan que la sociedad cubana no está preparada para vivir
en libertad, que los cubanos -de la Isla, se entiende- prefieren vivir en la
miseria actual que enfrentarse a un cambio.
Pero nadie, absolutamente
nadie -invito a que me envíen los enlaces de los que sí lo han hecho- ha roto
una lanza por la sociedad cubana depositando en ella la responsabilidad del
cambio.
Este es el juego de la
doctrina y los adoctrinados: un lenguaje totalitario que no deja margen a nada
ni a nadie. O se está con el castrismo-canelismo o en su contra. Y el pueblo de
la Isla no sabe-no contesta (como en las encuestas).
Y por lo que se infiere
de las redes sociales, excepto unos poquísimos opositores dentro, tampoco se
rebela, más allá de las caceroladas nocturnas y los grafitis -o se inmola, ya
puestos-, y está sometido y agradecido al sistema represor.
Ya nadie desconoce que la
legislación cubana ni ampara, ni protege ni regula nada. El secreto guardado a
voces es que todo el mundo, empezando por el sistema financiero, la economía y
hasta la sanidad, vive en paralelo, para no decir en otra galaxia, “far-far
away” al gobierno.
Un par de veces he comentado
en alguna publicación que sigo esperando el otro discurso. O la otra narrativa,
que es lo que se lleva ahora.
Es hora de que nos
preguntemos todos los cubanos, de dentro y de fuera de la Isla:
¿Dónde está el interlocutor
que hablará con el gobierno castro-canelista, con la opinión pública
internacional y especialmente con los dos actores que están promoviendo los
cambios en el Caribe, Marco Rubio y Donald Trump?
Digo interlocutor y estoy
diciendo líder con formación, cultura -política y especialmente mucha de la
otra-, capacidad de diálogo y negociación para poner de acuerdo en un frente
común a todos los grupos y fuerzas opositoras, hoy tan fragmentadas y pagadas
de sí mismas e incapaces en seis décadas largas de conseguir este objetivo. Y
con carisma suficiente para que su mensaje cale en el corazón de cada cubano,
más allá de su credo, ideología, posición económica o lugar del mundo en el que viva.
El líder con capacidad,
virtudes y carisma para asumir la dirección de la sociedad cubana tendrá que
comenzar por creer en ella.
¿Quién le ha preguntado a
una mujer sin hijos si está preparada para ser madre y que solo así podrá
engendrar hijos?
Porque los hijos, como el
matrimonio, como la familia, no vienen con manual de instalación. Y en toda la
tierra, todos los tiempos y todas las circunstancias, han nacido niños, matrimonios
y familias.
¿Quién le ha preguntado a
cada cubano si quiere vivir en libertad?
Vicios, ilegalidades,
violencia, drogas. Sí. Sale lo peor de la sociedad en sus tiempos más críticos
y las virtudes parece que se mueren cada día.
¿Le preguntaron a la
sociedad salvadoreña si sabría vivir sin pandillas, sin guerras urbanas y sin
violencia?
Crecí con aquel refrán
salido de una frase con frecuencia atribuida a Platón: “la necesidad es la
madre de la invención”.
La generación
predominante en la Isla hoy ya no es la mía (nací el mismo año que se fundó el
PCC y comí doctrina por un tubo), y no se identifica con el discurso socialista
de Fidel Castro y seguidores. Pero es la generación de mis hijos y de los hijos
de mis hijos. Los conceptos de patria, revolución, internacionalismo, etc.,
además de la historia de Cuba, les son indiferentes (para bien o para mal); las
leyes son burladas o, cuando menos, esquivadas. Y el sueño es el de largarse de
la Isla como si es en una bala del cañonazo de las nueve.
Pero tan cierto como esto
es que dejan en Cuba a “sus viejos”, a sus hijos menores y sólo cargan una
ligera mochila. Y se van a empezar de cero en USA (ya no, como se sabe),
atraviesan Centroamérica en una de las travesías, Suramérica en otra o San
Petersburgo en la tercera, amén de que prefieren ser prisioneros de guerra en
Ucrania, a servir de mercenarios en el ejército Ruso, para trabajar. Y aprenden
a hablar inglés, portugués, francés, ruso…, y trabajan y ahorran un
dinero con el que, a precio de oro, sus viejos comprarán corticoides en la Isla
para aliviar las secuelas del chikunguya.
¿Son flojos? ¿Son cobardes?
¿Son incapaces de vivir dentro de una democracia y respetar sus leyes?
¿Cuántos cubanos del
pueblo, de esos que se van rotos por dentro y por fuera, son hoy día jefes de
cárteles de narcotráfico o de mafias internacionales?
¿Y cuántos están
encarcelados o procesados en los países a los que han arribado por cometer
ilegalidades?
Acabo de regresar de
Brasil. Allí he visto a mis paisanos y he hablado con ellos: hacen Uber,
reponen mercancías o son cajeros de supermercados, trabajan en la construcción
o emprenden sus propios negocios. Y salen adelante con empuje, con valor. Sus
hijos van a la escuela, aprenden portugués…, empiezan a ser parte de otra
sociedad. Y NO TIENEN MIEDO. Y RESPETAN LAS LEYES. Y SABEN VIVIR EN LIBERTAD.
La necesidad devolverá el
carácter y las virtudes a la sociedad cubana.
Me asquea que no se
reconozca el valor y la idiosincrasia de mi nación. Porque yo sí sé que los
cubanos quieren y sabrán vivir en libertad y en democracia. Recuerden una frase
tan nuestra: “nadie nació sabiendo”.